viernes, 9 de noviembre de 2007

EL CAMINO DE SANTIAGO (Basado en hechos reales)

Buenas noches. Aunque resulte contradictorio, por mi odio natural al esfuerzo físico, hice el Camino de Santiago.
Para comenzar, sinteticemos la vida diaria de peregrino estándar: te levantas, andas, descansas, andas, llegas al albergue, comes, duermes, te levantas, cenas y te duermes. Ya se puede observar la variedad de actividades de Camino.
Pues empecemos por el atuendo normal de un servidor: pantalones a lo Lara Croft, botas de montaña, sombrero de paja a lo propaganda ferial de Tio Pepe, rizos que me daban cierta apariencia de Tom Sawyer, una cantimplora y lo más importante, el bastón, coloquialmente denominado como "palo". Este último objeto es el utensilio más necesario a la hora de discutir, de manera diplomática, la posesión de una cama con otro peregrino.
Una mañana apareces en un pueblo gallego y das el primer paso de este histórico camino- En este trayecto cada persona tiene que seguir su ritmo, ni más lento, ni más rápido, tan sólo seguir su ritmo; yo mantenía mi ritmo, es decir, el "antirritmo". Fui con un grupo de siete personas, entre ellos mis progenitores. Al segundo día desistieron de seguir mi paso.
Descubrí ciertos personajes que provocaron cierta fascinación en mí. Sin duda, lo que me asustó fue lo que denominé : "el ejército de la tercera edad", que estaba constituido por ancianas vestidas con el disfraz cotidiano de abuela (falda, camisas con estampados florales...) y zapatillas Nike. Eran las más peligrosas, se acercaban sigilosamente por detrás, te adelantaban y como forma de destrucción moral, cien metros por delante tuya empezaban a estirar y calentar como si un comienzo de un entrenamiento se tratara.
Yo, al ser miope, decidí prescindir d mis gafas, ya que se me empañaban de sudor. Me convertí en el Daredevil del Cmino de Santiago. Más de una vez, algún peregrino compasivo me introdujo en la senda correcta y no es ninguna metáfora. De hecho, creo que alguna jornada empecé el camino en sentido contrario.
Los albergues son, sin duda alguna, el mejor lugar para relacionarse con el sexo contrario. A partir de ese momento las discotecas no me parecen tanto en este aspecto. En un albergue, las camas eran literas y estaban agrupadasde dos en dos creando la ilusión óptica de dos camas de matrimonio, una encima de otra; al ser impares en mi grupo, corrí para hacerme con la parte de arriba de dos literas, una cama matrimonial para el servidor, me pareció un premio justo. Fui a dar un paseo por el pueblo después de cenar, vuelvo con la macrohabitación a oscuras, subo a mi litera, me tumbo y relajo los brazos tal y como dibujó Da Vinci en el hombre de Vitrubio... pero... un momento... ¿qué es ésto?, agarro el reloj y con la mínima luz que expulsaba descubro que tengo una rubia desconocida de cuerpo escultural acostada a mi izquierda. Muchos de vosotros pensaréis que tengo suerte: una cama de matrimonio, un hombre, una mujer bastante apetecible, la noche... si, todo hubiera sido perfecto de no ser por los otras cien personas de la sala y el hecho más relevante:
los ronquidos de mis padres que provenían de
la litera de abajo. A ésto se le puede llamar una noche en tensión
(expresión con varias
interpretaciones).
Los WC´s mixtos también propiciaron situaciones extrañas sólo por empezar por el simple y necesario acto de la ducha, más aún si no hay puertas en las duchas. Pero, una noche fui al servivio a lavarme los dientes, como todas las noches, sin embargo mi mano por más que se arrastrara por toda la pared, nunca topó con la tecla de la luz y decidí realizar mi acontecimento higiénico a oscuras; casi finalizando mi tarea, una persona se adentró y encendió la bombilla que dominaba el cuarto de baño. Que encontrara la luz no fue lo que me sorprendió, sino que al ser iluminada toda la habitación observé que en el lavabo de mi derecha una mujer se había estado lavando todo el tiempo los dientes al igual que yo al mismo tiempo. ¿Cómo puede ser alguien tan sigiloso?.
Como buenos cordobeses, decidimos dar la nota allá donde fuera que fuésemos, así que nos hicimos unas camisetas con la frase "el último duerme en el suelo" en la espalda de una camiseta roja, prenda que podría servir para la asistencia a los San Fermines. Ahora imaginense: un paco caminando por la sagrada senda, un bosque recién salido de la mente de Tolkien, una vaca muge desde lejos... un trayecto solitario donde los haya. Unos chasquidos de "palo" llaman mi atención, un esculturar cuerpo perteneciente a otra fémina se acerca a toda velocidad (toda velocidad = más rápido que yo), llega a mi altura, sigue mi "antirritmo", me mira, mis pulsaciones suben, al igual que mi moral y me pregunta "¿me puedo hacer una foto contigo?". Yo, haciendo alarde de mi timidez le eche el brazo por la cintura dispuesto a la instantánea, ella se me queda observando con la mirada que tiene toda mujer de "te estoy intentando decir algo pero tú no te enteras" y me temí lo peor... en conclusión, en la fotografía sale una morena impresionante y un muchacho entrado en carnes con una camiseta roja con el eslogan "el último duerme en el suelo"... se me olvida el matiz de que yo estaba de espaldas al objetivo. Querías una foto de la frase de mi prenda.
La camiseta me trajo más extraños sucesos. Una mañana, decidí hacer uso de mis piernas y saqué un adelanto de más de una hora al resto del grupo. Cuando, ante mi sorpresa, un ciclista pasa y me comenta "dice tu madre que la llames"... espera un momento... ¿mi madre?... ¿de qué coño conoces a mi madre?... pensé que no era un buen momento para enterarse de secretos ocultos de la familia, pero al razonar el hecho descubrí la solución al enigma: todos llevabamos la misma camiseta, y mi progenitora envió en ese ciclista su mensaje. Gracias Induráin.
Por fin, llegamos a la plaza de la Catedral de Santiago. Lágrimas saltadas, sonrisas, abrazos, recuerdos del trayecto... y un evangelista, como buen español y sufridor de cansancio, decide recostarse en el suelo público, poner la mochila a modo de almohada, agachar la visera del sombrero y practicar el sabio deporte nacional de la siesta. Entré en el templo al día siguiente para dar el "abrazo" al mítico apostol (que no deja de ser una estatua de madera con "joyitas"), pero para ello es necesario esperar una larga cola, acto insufrible, más aún si el mismo día visita el lugar la marina italiana con cada soldado ataviado con su uniforme de gala. En esa fila fue cuando rememoré mi primera comunión... todos de marinerito y yo destacando.
Como conclusión el Camino se tradujo en recuerdos inolvidables y cuatro ampollas por pie. Cuando me recupere repito, no hay duda. Un saludo.

4 comentarios:

Celia dijo...

Jaja, genial el monólogo.

Pues este verano tengo pensado hacer con mi hermano el camino de Santiago. Que Dios y el apóstol me pillen confesada. (Nota mental: llevar al albergue una linterna y un cascabel, por si acaso)

Galicia debe ser preciosa.

En cuanto a las camisetas, no creo que a mí me hagan falta, yo ya tengo mi denominada "camiseta GPS" Vamos, que con ella no me pierdo, se me ve a 3km a la redonda...

Un saludo!

carlos dijo...

Que guapo tio la proxima vez me apunto pero y si lo hacemos en algun tipo de vehiculo motorizado? Por eso del esfuerzo y tal...

Anónimo dijo...

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